El mal gusto encalló. Esos benditos ecos de reputalandia trip que hacen perder el paso hasta en la mejor de las comparsas. ¿En qué pantalla mirás a tus muertos? Mientras cuestiones por el estilo asaltan por sorpresa y se hacen sentir a la altura de la boca del estómago (me cago en mis huesos que gastan la pana mojada en vinagre de nostalgia), la farsa continúa su representación lo más pancha. ¿O acaso pensabas que iba a detenerse por boberías tan infantiles?
Los relojes que miden el tiempo de las escenas están sincronizados de un modo tal que es imposible no creer en una mano enguantada que ajusta las agujas. Nada supraterrenal, desde ya, aunque de humano tenga poco.
Cuando era inminente la pronunciación de la ONU sobre el cese del fuego en Oriente Medio (33 días tarde), nos desayunamos con que se abortó una intentona terrorista que habría cobrado miles de vida, haciendo estallar por los aires y en el aire a unos cuantos aviones.
El mal está ahí nomás para mostrar sus dientes sobre las buenas conciencias que sólo quieren vivir tranquilos comprando chucherías electrónicas. Demasiado parecido a los escenarios de 1984 de Orwell o al de V de venganza. Ambos montados sobre una futura Inglaterra. ¿Casualidad?
¿Y por casa? la comedia criolla sigue destilando cleptocracia por doquier. ¿Alguien se acuerda del que se vayan todos de hace un lustro? Nadie se fue. Todos se quedaron y amagan con adecuar cuanta ley sea necesario como para seguir estando.
Una polilla que va en busca de la luz no mide cuando se revienta el coco una y otra vez contra el vidrio. Pero duele.
Tanto como dejar un killer rif en el contestador y encarar la ruta, puteando por lo bajo, con pases de chabona y lágrimas.
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