17 diciembre 2006

Es una noche más

En el piso del lugar hay agua, confunde el afuera con el adentro. Las viejas construcciones tienen esas cosas, pienso y me respondo: aunque con lo que está lloviendo en esta madrugada de domingo es imposible que no se inunde todo.
Mientras la banda se prepara para tocar, desde la ventana del primer piso del Centro Cultural que funciona en lo que alguna vez fue la estación de trenes Meridiano V, pueden verse, entre las extrañas figuras que forma la lluvia, algunos aventureros que intentan cruzar la calle que los separa de Ciudad Viejo o el Bar Imperio. Uno lo intenta corriendo y pronto se descubre con el agua hasta las pantorrillas, un par de metros antes de pisar el cordón de la vereda.
Los amigos ya consiguieron mesa. Los músicos van subiendo al escenario. Mis ojos recorren el afuera y el adentro, y la telepantalla amaga con el color en una difusa imagen que busca configurarse desde hace unos días.
Huir hacia un lugar con parlantes, donde sea posible que nos vuele la sonoridad por el aire. ¿Por qué no? ¿Acaso no marchitan los navíos sin el mar?
Acostumbrarse a paisajes hostiles tiene sus contras para el buen viaje. Síndrome de Estocolmo. Recurrencias que resquebrajan casi como el paso del tiempo.
Y cosas como esas, en momento en que Los Gancedos cantan: "No me interesa la autarquía de los Países Bajos. Quiero ver a Tigre y comerme un choripán".
Clink, caja. Qué mejor cierre de inventario.
La batiseñal no aparecerá en el cielo de la ciudad cuadrada. Otra noche más.