24 marzo 2007

Crónica muda: odio los contestadores automáticos


Día 7
Sigo sin sentir el big bang. Empiezo a sospechar que la transformación
es gradual. Sí, ya sé, como en el ya citado Informe..., de Sábato. Pero por qué no navegar en el proceso de formación de las escamas y no enterarse de las branquias mientras nado en el plato de sopa de pescado de vaya uno a saber quien.

Nunca me cayeron en gracia los contestadores de los teléfonos. No hablo de los ajenos; dejar mensajes no es mayormente un problema, todo depende de las circunstancias. Hablo de mi contestador.
Sobre todo en estos días que si suena el teléfono es más problemático que de costumbre. No puedo atender. Bah, técnicamente puedo atender. O sea, apretar la tecla send, puedo hacerlo perfectamente. Pero al estar impedido de decir el "hola", para los efectos prácticos es como si no hubiera atendido. Lo intenté y el resultado fue un silencio del otro lado de la línea que generó más ansiedad que la del sonido de la llamada entrante. (Lo que son las frases hechas, porque escribo "del otro lado de la línea", si mi teléfono es celular...).
Entonces, esta mañana venía de dejar la ropa en el lavadero. Ordenaba un poco mi pieza, escuchaba al Mojarra y a Fede en la radio, el sol de otoño dando un color más apacible al cuadro de no ser por el maldito teléfono que empezó a sonar.
Quise creer que no, que a lo mejor era otra vez ese cortocircuito que escupe chispas cuando algo se asemeja a lo ideal.... Pero no. O sí. Pero como sea, era el teléfono nomás.
Me acerco al aparato, miro el número en el visor..., no, no lo conozco. Crece la incertidumbre. Los segundos se hacen eternos. Cuántas veces más va a sonar y mostrar ese insoportable juego de luces este aparato del orto. Silencio. Hasta que un sonido señala que entró un mensaje al contestador....
Chequeo. La voz que me guía, impersonalmente robótica, es pausada, lenta; lo suficiente como para comerme la mayor cantidad posible de tarjeta. Malditos monopolios globales que vienen por nuestros taparrabos.
Por fin accedo al mensaje. Escucho a un tal Lalo que le (me) dice a alguien (¿a mí?) que (me) lo necesita a la tarde, para hacer sonido.
Casi como un acto reflejo, aprieto el número 7 que borra los mensajes... y no quiero dejar pasar al pensamiento de que ya me encontraron. Incluso antes de que yo mismo sepa quien soy ahora.