29 marzo 2007

Crónicas mudas: la maldición del teléfono

Hace un par de madrugadas el teléfono avisó que se apagaba. Debe ser la batería, pensé tratando de que el sueño no se vaya muy lejos, no sea cosa de despabilarse, cosa para la que siempre estoy dispuesto y sin poder fumar sería lo más parecido a una tortura china que mi imaginación puede representarse por estos días.
La cosa es que a la mañana puse a cargar el celular y no respondió. Estaba muerto. ¿Para qué hacía falta?, para nada, me dije. Obligado primer paso que apura en plan de anticipo el duelo cada vez que se insinúa una una pérdida.
En épocas de veda de voz, si hay un aparato innecesario es el teléfono. Sí, está bien. Quedan en pie los sms. Pero también me incomodan. Demasiada ansiedad. No termino nunca de escribir, además es lo único que hago durante el día: escribir.
De todos modos, no deja de ser significativo que otra vía de comunicación y/o de contacto se caiga.
En nubes por el estilo iba saltando cuando tomé conciencia de un ruido. Como una interferencia que quería hacerse notar desde hacía un buen rato. Me dejé llevar por el sonido, hasta que quedé de pie frente al calefón. No me llevó demasiado tiempo darme cuenta. Se pinchó un caño.
Ahora sí que la cosa empezaba a ponerse buena. ¿Cómo avisar privado del sentido del habla? Y, aunque me decidiera a hacer trampa y hablar, no podía por dos sencillas razones: el teléfono murió y con él la agenda, donde estaba el número del administrador del edificio. Otro duelo que no mide consecuencias, víctima del intento (vano, ingenuo) de arrebatarle la lágrima. Balazo que pasa factura por atolondrado.
Todo tiene solución. Dado que todavía era temprano, tomé una hoja del block y escribí una nota pidéndole al administrador que, por favor, pasara por mi departamento y la pegué, con cinta aisladora, en una especie de buzón comunitario que está en la entrada del edificio.
Ahora quedaba esperar. Cuando llegó el responsable o excusa de los tres últimos aumentos en las expensas, mediante señas le expliqué cuál era el problema.
"Se arregla fácil", me dijo. "Cambiamos el flexible y listo". Iluso de mí que creí que en cuestión de minutos todo iba a estar resuelto, me digo dos días después.
(No tengo que desconfiar de mi suerte, no tengo que desconfiar de mi suerte...)