Algo así como si Kent Brockman hiciera un informe sobre los días de alguien privado del sentido de la voz en Springfield…, perdón, en la ciudad cuadrada.
Día 1 Viernes 16
Llegó la hora. El diagnóstico médico habla de acceso nodular en cuerdas vocales. Algo así escuche, todavía con los temblores del cuerpo que no entendían por qué tuvo que entrar un tubo por la nariz y llegar hasta la garganta (maldición! Para cosas como estas hubiera servido darle más bola a biología).
La cosa es que el tratamiento consiste en quince días de silencio absoluto, “ni mu”, según remarcó una y otra vez la fonoaudióloga, que no deja de mirarse en el espejo. Y una dieta que te la regalo: nada de sal, ni pan, ni fideos, ni galletitas, ni bebidas blancas, ni cigarrillos…, peor que una estancia en una clínica de recuperación. Aunque no, porque al menos en este viaje no estaré rodeado de exahoraconversos, una de las peores especies que ha sabido concebir la raza a la que pertenecemos y que me da como un no sé qué llamar humanos.
La fonoaudióloga me hace un test, dividido en tres grupos: higiene de la voz, corporal y emocional. Cada uno, compuesto de una veintena de preguntas a las que hay que responder con “un poco”, “mucho”, “bastante”. Mis últimas palabras zizaguearon entre esas opciones.
Terminó el test y la fono se dispuso a sumar los puntos. Terminó. Abrió los ojos a un tamaño bastante considerable, me miró, volvió a mirar el test… “Con esta cantidad de excesos, lo raro es que no te haya agarrado antes y algo mucho más grave”, me dijo.
Se ve que mi reacción debería haber sido algo así como rasgarme las vestiduras (frase bíblica que sigue teniendo su vigencia, no?) o prometer firmemente que cambiaría los hábitos que fueran necesario para cuidar mi herramienta de trabajo.
Sólo sonreí. No sin cierto orgullo ante la marca conseguida en el test.
A callar, mi amor
El reloj marcó las 12. Comenzó la era del silencio.
Armas para salir a la calle: un block de 80 hojas rayadas, un cuaderno Ledesma de 120 hojas rayadas y una lapicera muy canchera, “con gel” me dijo la vendedora.
En las dos primeras hojas del block, dibujé con letras bien grandes: 0,75 y 1,20. Los valores de los boletos de colectivos en la ciudad cuadrada.
La primera empresa me esperaba. Tenía que tomar el bondi para ir al diario. Un flash, porque la máquina expendedora estaba rota, subió un “chancho” a arreglarla y el chofer perdió la paciencia ante la montonera de gente y empezó a pedir destinos y valores de mala manera. Poca chance para mi block. Pero ni ahí de inmutarme, esperé y le puse la hojita con el 0,75 delante de los ojos. La miró, me miró, volvió a mirarla, y anotó.
En el diario, utilicé la tercera hoja del anotador, en la que explico la enfermedad y el tratamiento. “Ah”, te dicen y la mayoría, en este primer día, continúa el diálogo con señas…, como si además de mudo estuviera sordo.
Ya de noche, la hora de vuelta a casa. Paso por el supermercado chino de 32. Tengo que comprar bananas, porque me recomendaron mucho potasio. Me acercó hasta donde funciona la verdulería, hoy atendida por una rellenita morocha que a veces hace de cajera. Le señalo los plátanos. Me mira. Vuelvo a señalarle el fruto preferido de Tento. Seria como perro en bote, me espeta: “hablá”. ¡Danger! Señalándome la garganta, trato de representarle que no puedo hablar. “Si podés hablar”, me respondió, aunque el clima se distendió por una sonrisa que dejó ver una dentadura blanca y pareja. Le escribo cuál es el motivo por el que no hablo. Seguía sonriendo y en ese extraño aire que se genera cuando pinta coqueteo, me escribe algo así como “suerte, hombre mudo”, se sonroja y vuelve a sonreír.
La verdad que este método de conquista no se me hubiera ocurrido nunca, y eso que uno se jacta de ser bastante ducho en eso de desarrollar métodos alternativos.
(Insert: hasta dónde se puede ir, para no estar donde…).
22 marzo 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada