10 marzo 2007

(Sin) Voz




"Si alguna vez
no me vuelven a ver,
porque a mí
como a todo se me olvida..."




Acidos tiempos en los que una disfonía apura y obliga a esta especie de exilio. Silencio obligado. Ausencia.
Surfeando en tsunamis, terremotos, temporales y otras manifestaciones de inclemencias climáticas, retumban las palabras de un viejo poeta rocker, que decía que "si empiezo a desconfiar de mi suerte estoy perdido".
De todos modos (maldición!) los rayos no paran de impactar en el mismo baldío chamuscado. Será cuestión de abocarse a la tediosa tarea de contabilizar las bajas, antes de que el olor a podrido gane más terreno.
Indómito súbdito del reino de la mediocridad, sin poder descargar el arma se cuela el miedo al olvido. Desde lejos, a veces, parece que la llamita se apagó. Pobre fueguito, humilde susurro del blanco del camino, al que le llueven vientos huracanados.
Giros. Y más giros.
Paciencia. Que nada es para siempre, como reza el anillo de Don Julio, quien, amigo de la contradicción como el que más, sí cree que algo es para siempre: su culito en el sillón.
"No tengo el entusiasmo que vos tenés", me dijo en una de nuestras últimas y apocalípticas charlas el Chicharra, enfrascado por estos días en su propio exilio. Era una mañana de calor, como esas de enero en la ciudad cuadrada, en la que me tomé a pecho eso de que "de chiquito fui aviador, pero ahora soy un enfermero".
Y así, horas antes de que la Voz mutara en un formato acorde a la mañana veraniega de la AM, me fui pensando en eso del entusiasmo, un poco bastante aturdido por los problemas de rocanrol.
Remotos y cercanos recuerdos que rebotan en la vigilia, desesperada y sorda esperanza de que el viejo, gastado, pero siempre fiel motor, se recupere.
Y sigo pensando en eso del entusiasmo.