Eso de vivir acomodando los codos y el alma entre la inclemencia del verbo “hacer”, y el intento –nunca suficiente, nunca meritorio- de ser plausible de la caricia de otra persona, en cómodas cuotas, y sin intereses.
Eso del “hacer”, como norma sine cuan no de la propia existencia. El “hacer” para las cosas, y el hacer “para” los otros.
El “hacer”, maldito verbo.
El “hacer”, que perpetua la obligación, y niega el porque sí, le quita toda inocencia a lo que de inocente podría tener la simpleza de un simple “para mí”, y la bondad infinita a cuanto “para vos y para nadie más que vos”, yo te pudiera entregar.
Quiero que estés, que te juegues, nunca perderte, que seas eterno por toda la eternidad, y mío, en obligación, pauta y compromiso. Mucho has de hacer, para demostrarlo.
Te debés a mí, recordalo, te debés a mí. Porque te amo. Porque te odio. Dame más.
En algún lugar del camino perdimos la pureza de quienes que se bastan a sí mismos con festejarse sus mutuas existencias.
Jugamos la irreversible ruleta rusa de la adultez. Así nos reímos burlones de las sonrisas generosas que se dedican los perros, y los enamorados.
Olvidamos a la vuelta de la esquina eso del Fifteen forever que nos dijimos alguna vez.
Y nos hicimos, vos y yo, el uno del otro.
22 mayo 2007
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