13 junio 2007

Mirar el paisaje

La espera se hace larga.
El tipito jugando a las escondidas, dándose corte de gran escondedor disparando palabritas desde el micrófono.
A veces, pidiendo pista. Mostrando, impúdico, los girones.
Otras, en piel de fancotirador depiadado. Actitud de tipo duro que tras cargarse a unos cuantos y rodeado de cuerpos sangrantes y respirando el humo de la pólvora, se permite una reflexión con aires de profunidad.
Ambas, con sus matices, idas, venidas, parecen parte de otro tiempo. Lo son. Y esa lejanía se vuelve sin sentido cuando se enciende la llamita, que vaya uno a saber cómo hizo para sobrevivir a las tormentas, vientos, nieblas, lluvias....
Tipeando "regreso" en Google, el motor devuelve unas 16.400.000 páginas. Desde títulos de filmes, pasando por el disco de Calamaro, The Police y Soda Stereo, hasta sitios esótericos.
El regreso.
Idea que forma parte de este espacio donde la ansiedad apura tiempos que no aceptan aceleraciones. Diáspora de palabras, imágenes. Remolinos de conceptos sin configurar.
Todo regreso requiere de una espera compartida. Alguien que vuelve. Otro que espera. Durante días y días, esa idea fue cambiando de ánimo, color y ojos. Cuanto más lejos parecía el momento, más se difuminaba ese "otro".
¿Hay "otro"; existe ese concepto en este escenario? Realmente, cada vez importa menos. Y está bien así. Que el fucking ego reciba el golpe en medio del mentón, entonces.
No hay "otro". Ni tiene porque haberlo. Saltando ese escollo, el discurso se reinventa sin presiones ni falsas coordenadas.
Un peso menos en la mochila.