Texto en forma de carta, enviado por La Voz y recibido en uno de los primeros días de enero, dirigida a las huestes bolilleras, como presuntuosamente señala el remitente:
Dicen que el mal sueño no es buen consejero. Quién puede atribuirse el rol de tildar de bueno o malo a algo, me pregunto. Escribo estas líneas desde algún no lugar, sabiendo que es demasiado tarde para despedidas, y un poco demasiado temprano para levantar las anclas del viaje 07.
Pero hay algunas cosas que no quería queden en el tintero, difuso tacho de desperdicios que, por otra parte, es muy útil en épocas como estas.
Expectativas, ganas, cielo diáfano, acordes de renacimiento, brindis sinceros y, sobre todo, la buena estrella. Esa luz, ahí arriba, bien arriba cuando es bien abajo. Esa que mantiene con vida. Apura el dictado de palabras por pronunciar, mientras se ajustan detalles de la nave antes de zarpar en su viaje de canciones, encuentros y desencuentros.
En eso estamos, desde estas soleadas e inhóspitas playas (ji, ji, ji).
Es que a veces las estrucuturas se resquebrajan. Y ahí es donde no hay como agarrarse del sombrero, antes de meter velocidad. Hasta el jinete más tonto se da cuenta de cuando el caballo lo lleva a la oscuridad. Cuestión de soltarse de las crinas, entonces. Sin arrepentimientos y tratando de salvar el estilo.
Ah. Y la velocidad no es el fin. Es apenas el principio.
La magia se completa gracias al aleteo de cierta mariposita que llegó sin anunciarse. "Una muchacha de miel que con aceros reforzó la casa, no dejó entrar a nadie después, y sin querer me devolvió mi alma".
Hasta febrero.
Cambio y fuera.
07 enero 2007
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